El equipo se armó entre un taller de Villa Allende y un galpón en Av. Colón, con gente que viene de la construcción, la agronomía y el laboratorio. No hay una sola formación: hay oficios que se cruzan y se corrigen entre sí cuando una mezcla no fragua como esperábamos.
Tres frentes de trabajo
Producción, ensayos y vínculo con obra. Cada persona responde por un tramo concreto del proceso: desde la caracterización del residuo que llega al acopio hasta el acompañamiento del albañil en la primera hilada.
Ingeniero civil, quince años en obra pública y privada en Córdoba. Define las dosificaciones y firma las fichas técnicas de cada lote. Lleva el registro de ensayos de compresión y humedad que después se publica en la sección de materiales.
Laboratorio y micelioBiotecnólogo, trabajó en sustratos para cultivo antes de sumarse al proyecto. Controla las cepas de micelio, los tiempos de incubación y la granulometría de las fibras. Es quien dice cuándo un lote no está listo, aunque apure el calendario.
Producción y obraMaestro mayor de obras, veinte años colocando mampuestos. Coordina el taller, la logística con los acopios rurales y las capacitaciones en obra. Traduce lo que sale del laboratorio a algo que un albañil pueda ejecutar sin sorpresas.
BioLadrillo Lab no arrancó con un plan de negocios. Arrancó con dos personas mezclando cáscara de maní y micelio en baldes prestados, midiendo con calibre lo que salía y anotando todo en un cuaderno. Estos son los tramos que nos trajeron hasta acá, con los aciertos y los retrocesos que quedaron en el camino.
Después de once intentos fallidos, la mezcla con chala de maíz y aserrín de álamo curó sin agrietarse. No era un ladrillo presentable, pero aguantó el peso de una persona parada encima. Ese día dejamos de discutir si el proyecto tenía sentido y empezamos a discutir granulometría.
Alquilamos un galpón chico en la zona norte de Córdoba para dejar de trabajar en el patio de una casa. Instalamos dos mesas de curado, un humidificador y una balanza de precisión. La logística cambió todo: empezamos a comprar residuos por lote y a rechazar partidas húmedas, algo que antes no podíamos permitirnos.
Mandamos probetas a un laboratorio de materiales para medir compresión y absorción de agua. Los números confirmaron lo que sospechábamos: sirven para tabiques internos y cerramientos no portantes, no para estructura. Publicar esos resultados nos cerró algunas puertas comerciales y nos abrió otras más serias.
Firmamos convenios con tres acopios a menos de 120 km del taller para asegurar cáscara de maní y bagazo durante la cosecha gruesa. El objetivo era simple: reducir flete, controlar humedad en origen y no depender de un solo proveedor cuando la temporada viene flaca.
Un quincho en las sierras de Córdoba usó nuestros bloques en los cerramientos laterales, combinados con cerámico en las esquinas estructurales. Fue el primer proyecto donde alguien ajeno al equipo confió en el material. También fue donde aprendimos que la capacitación en obra vale tanto como la ficha técnica.
Empezamos a entregar cada partida con su propio documento: origen de la fibra, fecha de mezcla, densidad y resistencia medida. No es marketing, es una herramienta para que el proyectista sepa qué está comprando. La variabilidad entre lotes sigue existiendo y preferimos mostrarla antes que esconderla.
Somos un laboratorio chico de Córdoba que fabrica mampuestos con fibras vegetales, micelio y residuos que hoy terminan enterrados o quemados. No vendemos una revolución: vendemos una alternativa concreta para cerramientos no portantes, tabiques internos y prototipos que necesitan peso bajo y mejor comportamiento térmico. Trabajamos con acopios a menos de 120 km del taller, caracterizamos cada lote por humedad y granulometría, y publicamos las fichas técnicas aunque los números no nos favorezcan. Si buscás una solución para losas o vigas, no es por acá.
Nos convocan cuando el proyecto pide materiales de baja huella, buen aislamiento y una obra que se pueda explicar sin greenwashing. También trabajamos con municipios y cooperativas que quieren reutilizar residuos agroindustriales de su zona.
Arrancamos mezclando cáscara de maní con micelio en baldes de veinte litros. Lo que funcionó quedó documentado; lo que se deshizo a los tres meses también. Esa bitácora es hoy la base de nuestras fichas técnicas.
Preferimos decirte que un lote salió con densidad irregular antes que venderte un muro que después vas a tener que reparar. La comunicación es directa, sin promesas de resistencia estructural que todavía no podemos sostener.
El biobasado rinde en cerramientos, tabiques y prototipos. Para compresión alta, fuego prolongado o exposición a lluvia sin protección, seguimos recomendando materiales tradicionales. La honestidad técnica es parte del producto.