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Micelio como aglutinante: qué se puede y qué no esperar

Publicado el 12 de marzo de 2025 · Lectura de 7 minutos · Córdoba, Argentina

Cada vez que alguien nos escribe preguntando si el micelio puede reemplazar al cemento en una losa, la respuesta corta es no. La respuesta larga es más interesante y conviene darla con datos, porque el micelio sí tiene un lugar concreto en la construcción modular y ese lugar no es el que la mayoría imagina.

El micelio crece sobre sustratos vegetales y forma una red de hifas que liga las partículas entre sí. Ese crecimiento genera un material liviano, con buena inercia térmica y una densidad que ronda los 250 a 400 kg/m³ según la mezcla. Suena prometedor hasta que uno mira los ensayos de compresión: los valores útiles se ubican en el rango de tabiques internos y cerramientos no portantes. Para vigas, losas o muros que reciben carga directa, el micelio todavía no compite con el hormigón ni con el ladrillo cerámico.

Dónde el micelio aporta de verdad

En cerramientos verticales que no soportan peso, el micelio ofrece dos ventajas concretas. La primera es el comportamiento térmico: la estructura porosa del material reduce la transmitancia y eso se nota en invierno, sobre todo en viviendas de las Sierras donde la amplitud térmica diaria es alta. La segunda es el peso: un mampuesto biobasado pesa bastante menos que uno cerámico equivalente, lo que simplifica el transporte y la colocación en obra.

También sirve como aislante de relleno en cámaras de aire, como panel divisorio en oficinas y como base para revoques que necesitan regular humedad interior. En esos usos el material rinde y no exige refuerzos estructurales adicionales.

El problema de la humedad sostenida

Acá está el punto que más consultas genera. El micelio tolera bien la humedad ambiente, pero no la exposición prolongada al agua líquida. Si un mampuesto queda a la intemperie sin protección durante semanas de lluvia, la red de hifas se degrada y el material pierde cohesión. Por eso en planta trabajamos con dos recaudos: curado en ambiente controlado y almacenamiento bajo techo hasta el momento del despacho.

En obra, eso se traduce en una regla simple: el cerramiento biobasado se protege con revoque hidrófugo o con una terminación que corte el contacto directo con la lluvia. No es una limitación grave si se planifica, pero sí es un dato que el proyectista tiene que tener sobre la mesa antes de elegir el sistema.

El sustrato cambia todo

No es lo mismo crecer micelio sobre chala de maíz que sobre cáscara de arroz o aserrín de pino. Cada sustrato modifica la densidad final, el tiempo de fraguado y la resistencia alcanzada. La cáscara de arroz, por ejemplo, da mezclas más densas y con mejor respuesta a compresión, pero tarda más en colonizar. El aserrín acelera el proceso y baja el peso, aunque exige controlar mejor la humedad inicial.

En el taller caracterizamos cada lote antes de entrar a mezcla: granulometría, humedad y origen. Con esos datos armamos la ficha técnica que acompaña al material despachado. No es marketing: es la única forma de que quien compra sepa qué está recibiendo y para qué uso está habilitado.

Qué no esperar

No esperes que un mampuesto de micelio reemplace una viga de hormigón. No esperes que resista el contacto permanente con agua sin protección. No esperes que la resistencia sea idéntica entre lotes, porque al ser un material biológico la variabilidad existe y se gestiona con controles, no se elimina. Y no esperes que esté disponible en cualquier corralón de barrio: la producción es acotada y se coordina por pedido.

Lo que sí podés esperar es un material con huella de carbono baja cuando la materia prima es local, con buen comportamiento térmico y con una ficha técnica clara. Eso, para cerramientos no portantes, ya es bastante.

Si estás proyectando una obra y querés saber si el sistema biobasado encaja en tu caso, escribinos con las dimensiones y el uso previsto. Te respondemos con los límites antes que con las promesas.

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